Para que el lector pueda hacerse una idea de dónde provienen los dioses del mundo mitológico, comentaremos en pocas palabras cómo se suceden los acontecimientos hasta llegar a los dioses que todos conocemos. Al leer este párrafo siempre tendremos que tener en cuenta que en mitología todo es relativo, pues lo normal es que existan varias versiones de una misma cosa. Estas pocas líneas son solo unas pautas destinadas a proporcionarnos una rápida mejor comprensión del conjunto mitológico.
En el universo de la mitología griega primeramente aparecen los entes. Como Érebo (las tinieblas), Nicte (la noche) y el Caos.
Después nos encontramos con los primeros seres mitológicos. Éstos son personificaciones de la naturaleza. Como Urano (el cielo) y Gea (la tierra), que forman la primera pareja en el trono divino.
Más tarde aparecen los titanes, que son los hijos de Urano y Gea. Hay seis titanes: Óceano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto y Cronos. Y seis titánides: Tía, Temis, Mnemósine, Febe, Tetis y Rea. Cronos y Rea destronan a sus padres y forman la segunda pareja en el trono.
La unión de Cronos y Rea da lugar a la primera generación de olímpicos. Estos son: Zeus, Poseidón, Hades, Deméter, Hestia y Hera. Zeus y Hera derrocan a sus progenitores y se instalan definitivamente en el trono divino.
Aún existe una segunda generación de Olímpicos compuesta por: Atenea, Apolo, Artemisa, Ares, Hermes y Hefesto.
Cuando a partir de ahora nos refiramos a los dioses preolímpicos, estaremos hablando de los dioses que gobernaban antes de que se instalase en el poder la pareja olímpica formada por Zeus y Hera.
Primeros entes en el mito olímpico de la creación
Primeros seres en la mitología Griega
Los mitos constituyen explicaciones imaginarias de ciertas cuestiones que aparecen a los hombres como inexplicables desde el ángulo de sus razonamientos. Todos los pueblos primitivos, así que alcanzaron cierto grado de inquietud primaria acerca de la explicación de los fenómenos de la realidad, han tenido la tendencia a asimilar cosas, animales y fenómenos de la naturaleza, con la propia condición humana; dotándolos de los dones de la palabra, de la capacidad de reproducirse, de hacer el bien o el mal; y han poblado el universo de seres sobrenaturales, semejantes a los hombres por sus caracteres exteriores, pero superiores en sus fuerzas, dotados de las mismas virtudes y defectos pero en un grado superlativo, y con facultades mágicas.
Seguramente, la imaginación de los griegos primitivos no ha de haber sido muy diferente de aquella de otros pueblos que, en tiempos contemporáneos a ellos, o posteriores, alcanzaron ese grado de evolución intelectual que suscita las curiosidades acerca del origen y el sentido de la vida y de la muerte, del “antes” y del “después” de la vida de cada individuo; el temor por las catástrofes naturales como el rayo o el terremoto, o la ansiedad por el éxito de las cosechas.
Sin embargo, por circunstancias que tienen ellas mismas su parte de misterio, los antiguos griegos, desde la época homérica que se sitúa alrededor del Siglo XII A.C., habían alcanzado un grado de civilización que los llevó a construirse explicaciones de todos esos fenómenos organizadas en torno a complejas historias y relacionamientos, en los cuales se insertan los rasgos de la conducta humana y sus valoraciones morales, conformadas por episodios en que la religión es protagonizada por múltiples dioses vinculados entre ellos y también con los hombres.
Las “historias” que conformaron la mitología de Grecia antigua han sido, por otra parte, fuente inagotable de argumentos para la literatura y otras formas del arte y de la cultura de toda la humanidad ulterior; refirmando el hecho indiscutible de que en la Grecia antigua parece haberse logrado el extraordinario fenómeno de desarrollo intelectual de la raza humana que los llevó, ya en su tiempo, a identificar prácticamente todas las cuestiones esenciales del ser y la conducta del hombre, y a establecer en ellas pautas de valor que han resultado casi inamovibles a lo largo de los siglos.
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LOS ORÍGENES DEL MUNDO Y DE LOS HOMBRES.
El origen del mundo, la tierra, el cielo, los océanos, los cuerpos celestes particularmente el sol y la luna, el agua, la atmósfera y todo lo que constituye el ambiente que circunda la vida de los hombres - como de los hombres mismos - había de ser naturalmente la primera y principal cuestión necesitada de una explicación.
La propia percepción de la existencia de un orden dotado de cierta lógica en los hechos de la naturaleza, llevó a concebir la idea opuesta, el “caos” en que, en un espacio ilimitado, se encuentra una materia en estado inerte y totalmente desorganizado.
Del caos surgió Gea, “eterno e inquebrantable sustento de todas las cosas”, diosa de la tierra; y Eros, príncipe del amor y de la creación, símbolo de la fuerza de atracción que lleva a los elementos a unirse para engendrar la vida.
En el “génesis” de la mitología griega, al contrario de la concepción hebrea de la Biblia, la creación no es resultado de la voluntad de un único dios superior, sino que lo es de la unión de todos los seres bajo la influencia del amor, Eros. Gea engendra sucesivamente a Urano (el Saturno romano y latino) que es el cielo estrellado, morada de los inmortales; y Pontos, que representa a la vez el abismo de los mares y la altitud de las grandes montañas.
Unida a su propio hijo Urano, Gea engendra luego a Océano, las grandes aguas, a Cronos personificador del tiempo; y a los gigantescos Cíclopes, dotados de un cuerpo enorme, cincuenta cabezas y cien brazos, verdaderos demonios de la oscuridad que entran en combate con su padre Urano que los precipita en las entrañas de la tierra.
Entonces, Gea enfurecida acude a Cronos, quien pone fin al reino de Urano. Al reino de la noche, Urano, sucede el reino del día Cronos. Gea y sus descendientes han dado a luz además a una enorme cantidad de divinidades que personifican múltiples fuerzas naturales: Thanatos, la muerte; Hipnos, el sueño; el grupo de los Sueños; Némesis, la venganza; la Vejez, la Discordia, el Fraude y muchas otras Alegorías, que son expresiones de los sentimientos y circunstancias de la vida de los seres humanos, que están por hacer su aparición en ese escenario.
Cronos se une a su hermana Rhea, y engendra a Hera, Hades, Poseidon y Zeus, que está llamado a ser el rey de los dioses y de los hombres. Pero, temeroso de que sus hijos pudieran amenazar su reino como él destruyó el de su padre Urano, Cronos devora a sus hijos; si bien su madre Rhea logra salvar a Zeus aprovechando las sombras de la noche, llevándolo a la Isla de Creta, en la cumbre del monte Ida, donde lo esconde en la profundidad de una caverna. Entretanto presenta a Cronos una gran piedra como si fuera el hijo, que él devora de inmediato.
Zeus crece en la selva, amamantado por la cabra Amalté. Ya adulto, busca a su padre Cronos a quien obliga a vomitar a sus hermanos y lo expulsa, arrojándolo a lo más profundo del universo, en la región que se extiende debajo de la tierra y de los mares.
Luego Zeus fija su residencia en el monte Olimpo, y unido a su hermana Hera comienza su reinado en una corte poblada por sus otros hermanos y numerosos dioses. Sin embargo, tropieza con rivales, como los Titanes, otros hijos de Gea y Urano, que habitan en el monte Otris. Los Titanes tratan de escalar el monte Olimpo; pero no pueden resistir a Zeus que posee el arma de los rayos, con los cuales los arroja en los abismos de Tartaria, donde trescientas enormes piedras aseguran que jamás podrán salir. Lo cual simboliza el territorio abrupto de Grecia.
Finalmente, Zeus triunfa también sobre sus últimos adversarios, Tifón, el demonio de los huracanes, y los cuatro gigantes Encelado, Hiperbios, Efialto y Polibotos, hijos también de Gea y Urano, que son encadenados bajo el Etna y otros volcanes donde no cesan de gemir y agitarse, dando así explicación a los numerosos temblores de tierra en Grecia y a las fumarolas de los volcanes.
Es de este modo que el orden sucede al caos, y las fuerzas desorganizadas de la naturaleza quedan sometidas a un inteligencia superior.
Zeus manda modelar en arcilla la figura de Pandora, la primer mujer, que es entregada al dios Epimeteo y de cuya unión nace el género humano. La primera generación de los hombres vivió en una Edad de Oro, en que conviven con los dioses, no tienen ansiedades, fatigas ni dolores, conservando permanentemente el vigor de sus cuerpos sin los achaques de la vejez; y pudiendo disponer de abundantes alimentos ofrecidos espontáneamente por la tierra. Gozaban de completa felicidad, y si bien eran mortales - al contrario de los dioses - la muerte les sobrevenía como el sueño. Los primeros hombres que murieron, fueron convertidos por Zeus en genios benéficos que vigilaban a los vivos, observaban su conducta y premiaban sus virtudes.
La segunda generación humana, en cambio, vivió en una Edad de Plata, pero fueron seres bastante inferiores a los primeros. Eran holgazanes, y padecían una permanente estupidez infantil. Pero Prometeo, hijo de uno de los Titanes y también titán, robó a Zeus el fuego que estaba reservado exclusivamente a los inmortales, y lo entregó a los hombres como emblema del progreso interminable. Así los hombres abandonaron su permanente quietud, pudieron salir de las cavernas y defenderse de los rigores del invierno, fundieron y forjaron los metales y de ese modo iniciaron el camino de su permanente mejoramiento.
A la edad de la plata sucedió la Edad del Bronce, en la cual los hombres, convertidos en seres robustos y violentos, poseedores de armas de bronce, dejaron de lado a los dioses y ya no les rindieron honores. Iracundo, Zeus lanzó a Prometeo a la cumbre del Cáucaso, donde un águila se comió su hígado y desencadenó sobre la humanidad las aguas del Diluvio. Todos los hombres perecieron, excepto Deucalion, hijo de Prometeo y de su esposa Pirra quien, cuando las aguas se retiraron, se granjeó el perdón de Zeus mediante honores y sacrificios, y obtuvo el perdón y la resurrección para la raza humana.
Pero no terminaron allí las tribulaciones de la raza humana. A la Edad del Bronce siguió la Edad del Hierro, en la que aún nos encontramos; aunque todavía los hombres cuentan con la llama divina que les diera Prometeo, como medio de superar la adversidad, y gracias a lo cual, algún día un hombre logrará igualarse a los dioses y devolver a los hombres a la Edad de Oro.
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EL OLIMPO DE LOS DIOSES.
Destronado Cronos y vencidos los Titanes, Zeus pudo ejercer todo su poder. Instalado en el Olimpo, la montaña más alta de Grecia, fijó allí la morada de los inmortales. Poseidon, Hera, Demetrios, Hades, eran como él hijos de Cronos y Rhea. Otros como Athenea, Apolo y Artemisa, eran sus hijos o nietos. Todos formaban una verdadera ciudad organizada en correspondencia con la organización política de las ciudades griegas.
Los dioses tienen cuerpos humanos, pero más grandes y fuertes, más hermosos y no les alcanza la vejez ni la muerte. Se alimentan de ambrosía, y pueden metamorfosearse, cambiando de apariencia, a su voluntad. Como los hombres, piensan y tienen ideas, aman, odian; tienen envidia, celos y padecen dolores. No se caracterizan por ser imparciales ni justos; sino que hacen objeto de su cólera a los mortales que los ofenden.
Hay doce dioses que son considerados superiores a los demás. Son los “grandes dioses”, que predominantemente han ingresado a nuestra cultura con sus nombres latinos más que con los griegos, debido a que los romanos fueron instruídos en las disciplinas de las letras y las artes por los propios griegos que sometieron, y unificaron sus dioses propios con los de Grecia clásica.
Nombre griego
Nombre latino
Fuerza e idea
Atributos
Zeus
Jupiter
Todos los poderes
Aguila, cetro, rayo
Hera
Junon
Cielo, matrimonio
Pavo
Atenas
Minerva
Luz, inteligencia
Lechuza, olivo
Apolo
Febo
Sol, artes y letras
Arco, lira
Artemisa
Diana
Luna, castidad
Ciervo
Hermes
Mercurio
Lluvia, elocuencia
Rueda alada
Efestos
Vulcano
Volcanes, industria
Martillo, yunque
Hestia
Vesta
Hogar
Fuego sagrado
Ares
Marte
Tormenta, guerra
Casco y lanza
Afrodita
Venus
Amor, belleza
Paloma
Demetrios
Ceres
Tierra, fecundidad
Remo, hoz
Poseidon
Neptuno
Mar, cólera
Tridente, caballo
ZEUS.
Padre omnipotente de los dioses y los hombres, sus poderes solamente están limitados por la Moira (el destino). Extrae el bien y el mal de dos recipientes situados frente a su trono. Es a la vez el dios del trueno y de la luz, de las nubes y las lluvias. También es el dios de la justicia, de la bondad, del juramento, de la hospitalidad, de la amistad y de la patria griega. A medida que el pensamiento griego evolucionó hacia formas más elevadas, Zeus fue aumentando de importancia y convirtiéndose en el dios de todos los atributos, en forma similar al Jehová de los judíos o el Dios de los cristianos, como esencia suprema y símbolo único de la divinidad.
Pero no obstante, Zeus es propicio a las debilidades humanas, y se mezcla en aventuras; especialmente de infidelidad hacia su esposa la virtuosa Hera. Zeus desposa sucesivamente a Melissa, diosa de la ciencia, Mnemosina (la memoria), Temis, la ley que da nacimiento a Diké, la justicia; Irene, la paz. De su unión con Leto (la noche) nacieron a la vez Apolo y Artemisa, los rayos del sol y los de la luna.
Algunos mitos sobre Zeus han sido evidentes intentos de justificar orígenes nobiliarios o ascendencias divinas. En Esparta se sostenía que Zeus, metamorfoseado en un cisne, se había unido a Leda, hija de Testios rey de los Etolios; y que Leda dio a luz los mellizos Castor y Pollux, y a Helena, la más bella, heroína de la guerra de Troya. En Argos, Io, hija de Inakos, se entregó al amor de Zeus; por lo cual Hera, furiosa, metamorfoseó a Io transformándola en una ternera permanentemente perseguida por un tábano que la obligó a huir por sobre el Bósforo hacia Egipto, donde recuperó su figura y se convirtió en esposa del rey. En las costas fenicias, la joven Europa, hija de Fénix, es raptada por Zeus transformado en un toro que la transporta a Creta, donde tienen a Sarpedon, muerto en el sitio de Troya, Radamante y Minos, que junto con Aqueo se convierten en jueces supremos de los infiernos. En Beocia, Zeus conoce a Semele, hija de Cadmos, de quien nace Dionisos, el Baco de los romanos. De los amores de Zeus con Alcmene, hija de Anfitrion, a quien Zeus se presenta bajo la forma de su esposo, dan nacimiento a Heracles, el Hércules latino.
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PALLAS ATENEA.
Es la hija preferida de Zeus. No nació de una mujer, sino que fue creada como una luz brillante, que emergió de la frente de su padre. A la vez diosa de la guerra y de la paz, acude según los casos a emplear la violencia o la inteligencia creadora. En la Ilíada, su valentía calmosa y reflexiva la distingue de su hermano Ares, dios del furor ciego. En las guerras médicas, es ella que guía a la flota griega menos poderosa que la persa, y le confiere el triunfo gracias a la habilidad. Se le dan otros nombres: Promakos, la que combate con razón; Nikiforos, la que conduce a la victoria; Polias, cuyo brazo poderoso vela sobre las ciudades.
Atenea tiene otras virtudes. Ha inventado el horno del alfarero y la escuadra del carpintero. Enseñó a los hombres a someter los bueyes al yugo, y atarlos al carromato; a plantar y cultivar los olivos, y a navegar las aguas en buques. La mujer aprendió de ella el arte de hilar y de bordar; y es ella, como Agoraia, la que inspira la elocuencia de los oradores y el buen sentido de los ciudadanos en las asambleas. Es la virgen Parthenos, cuyo corazón es insensible a los deseos del amor; para abrigar cuya estatua los atenienses construyeron sobre el Acrópolis el templo del Parthenon y en cuyo honor se hacían los desfiles en las fiestas Panateneas representados en los frisos de los caballeros tallados por Fidias en su templo.
Atenea representa como ninguna otra los recursos de la inteligencia helénica; su permanente curiosidad, sus constantes investigaciones, su empleo de la razón y la claridad de las explicaciones, que han sido origen de casi todas las ideas, reflexiones y expresiones más maravillosas del pensamiento humano.
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APOLO.
También hijo de Zeus, siendo imagen del Sol, causó gran dolor a su madre Leto (la Luna) en su nacimiento. Hera, celosa, trató de retener junto a ella a Elitia, diosa de los niños, para que Apolo no naciera; pero Iris, la mensajera de los dioses, deshizo los hechizos de Hera y permitió que Elitia llegara junto a Leto en la isla de Delos. Cuando Apolo nació, Temis depositó en sus labios unas gotas de ambrosía y le permitió ascender en el cielo. Pero de todos modos, Apolo debe luchar permanentemente contra las nubes que oscurecen su brillo, y el invierno que atenúa su calor. En otoño, se refugia voluntariamente en la región de las Hiperboreales, pero retorna cada privamera en un carro tirado por cisnes.
Todos los frutos de la tierra reciben la acción de Apolo, que les hace germinar y también los destruye; es a la vez responsable de la peste de diezma los animales y los hombres, como de su recuperación. De él, su hijo Esculapio recibe el don de curar todos los males, la medicina del cuerpo y del alma. Es inspirador del arrepentimiento que reconcilia a los culpables con los hombres y los dioses.
Es también Apolo el dios de la música. Sosteniendo en sus brazos una cítara, preside el coro de las Musas, cuya inspiración reciben tanto los músicos como los poetas; y además en los diversos oráculos de Grecia, sobre todo en el de Delfos, transmite las profecías a las Sibilas.
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ARTEMISA.
La Diana latina, hermana de Apolo, e hija de Leto también, es la Luna, la forma femenina de su hermano el Sol. No conoce el amor ni el matrimonio, reina en los bosques y las montañas recorriendo por las noches las llanuras de Arcadia donde, rodeada de ninfas, se convierte en Diana cazadora.
Al mito de Artemisa se une el mito de Hecate, otra personificación de la Luna, velada de vapores cuya cara rojiza a veces logra penetrar entre las nubes para asustar a los hombres. Ella es reina de los caminos, de las calles de las ciudades, de los patios y de los cementerios. Es la diosa de los espectros, de las invocaciones infernales, el nombre que pronuncian los magos en sus conjuras y encantamientos.
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HERMES.
Hijo de Zeus y de la ninfa Maia, es la personificación del viento; y dios de los ladrones. Escapó subrepticiamente de su cuna, y sustrajo las 50 terneras más hermosas, en las montañas del Pireo, para formar el rebaño de los dioses; provocando con ello una gran cólera de Apolo que era su guardián. Pero Hermes inventó un nuevo instrumento musical, construído con una caparazón de tortuga y cuerdas hechas con nervios de corderos, la Lira, con cuyos sonidos armoniosos logró calmar la ira de Apolo apenas los escuchó. Los hermanos se reconciliaron así: Apolo se dedicó a tocar la lira, y Hermes a cuidar las terneras celestiales.
A la vez dios de los ladrones y de los pastores, Hermes se convirtió en el mensajero de Zeus y teniendo en su mano una vara mágica, calzado con sandalias aladas, atraviesa el espacio en instantes. Siempre en movimiento, se convirtió por lo tanto en el dios de los viajeros. De ser dios de los ladrones y de los viajeros, se convirtió también en el dios de los negocios, atribuyéndosele ser el inventor de las medidas, de los pesos, de las balanzas.
El don de persuadir y convencer propio del buen negociante, lo condujo a ser el dios de la elocuencia; y por sus atributos de vigor y agilidad, se convirtió en el ideal de los efebos, los jóvenes griegos dedicados a la gimnasia. La estatua de Hermes realizada por Praxíteles, descubierta en el estadio de Olimpia, representa ese ideal donde se combinan armoniosamente la gracia y el vigor.
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ARES.
Marte para los romanos, original dios de las tormentas rapidamente pasó a ser el dios de la guerra. Amante del combate en sí mismo, su cortejo lo forman Enio, destructora de las ciudades; Eris la discordia; Deimos, el temor; Fobos, el espanto y las Keres, los sombríos genios de la muerte.
Siendo la brutalidad irracional muy poco afín al espíritu griego, inclinado a la mesura y la inteligencia, Ares tuvo un lugar secundario en el culto griego. Los propios inmortales - exceptuada la caprichosa Afrodita - no le tenían ninguna simpatía. En cambio, para los combativos romanos, Marte pasó a ocupar un lugar predominante.
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AFRODITA y EROS.
La Venus romana, diosa del amor, había nacido del oleaje de las aguas, en los ríos de Fenicia, y fue transportada a las costas de Chipre sobre una caparazón marina.. Fue adorada en Siria como Astarté y en Caldea como Milita. Para los griegos, habitaba en la isla de Citera. Su enorme poder abarcaba toda la naturaleza, a la cual aportaba la fecundidad y la vida. En el Olimpo, todos los dioses quedaban deslumbrados por su belleza, que no podían resistir ni las diosas más castas como Artemisa y Atenea.
Fue ella que arrojó a Helena de Troya en los brazos de Paris, y la responsable de las pasiones desenfrenadas de Fedra o de Medea. En sus templos ofician cortesanas sagradas, las Hetairas.
Su hermano Eros, el Cupido de los latinos, es un niño juguetón y maligno, cruel y despiadado, que tiraniza a dioses y humanos complaciéndose en jugar con sus víctimas. Fue representado como un niño alado, sumamente hermoso, armado de arco y flechas que inevitablemente atraviesan los corazones. Eros desposó a Psiké (el alma) , joven niña con alas de mariposa, de belleza tierna y delicada que tanto gime y llora encadenada y castigada por Eros, como se acerca a él para abandonarse a las caricias de su divino amante.
Al mito de Afrodita se vinculan las leyendas de Pigmalion y Galatea, de Narciso y muchas otras. Pigmalion, escultor de Chipre, tenía un ideal de mujer que nunca encontró, por lo que se quedó soltero; pero talló en marfil una escultura tan perfecta, que de ella se enamoró. Entonces, Afrodita dio vida a la estatua, que fue Galatea con quien Pigmalion se unió en matrimonio.
Narciso no conocía otro amor que el que tenía por su propia belleza, por lo cual desdeñó el amor que le ofrecía la ninfa Eco, que se refugió en el interior de una caverna donde se consumió de dolor, secándose su cuerpo y evaporándose su sangre, de manera que sólo se conservó su voz escondida entre las piedras y las montañas, desde donde responde a quienes la llaman. Afrodita, para vengar a la ninfa desdeñada, hizo que cuando Narciso se contemplaba reflejado en las aguas, se sintiera presa de un tal enamoramiento de sí mismo que terminó cayendo en ellas, donde murió ahogado. En ese lugar, ha brotado una flor que lleva su nombre, de rara belleza y existencia tan efímera como la del joven adolescente enamorado de sí mismo.
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HADES.
A quien los romanos llamaron Plutón, hijo de Cronos igual que Zeus, su hermano, dejó a sus hermanos los imperios del cielo y las aguas, y optó por reinar en el seno de la tierra, sombrío reinado de la Muerte. Al contrario de los otros dioses, jamás aparece en el mundo de los hombres; permaneciendo encerrado en su palacio infernal, manda ejecutar sus órdenes por medio de las Keres, hijas de la noche, vírgenes aladas que al igual que las Walkirias de la mitología escandinava, se abaten como vampiros sobre los campos de batalla.
Las almas de los muertos son transportadas por Tanatos (el genio de la muerte) o por Hipnos (el genio del sueño), o por el propio Hermes, descendiendo a los Infiernos por las gargantas del río Estigio, un río de aguas negras que desaparece (como ocurre con varios ríos griegos) en las entrañas del suelo. El Estigio desemboca en el Acheron, río infernal que rodea el palacio de Hades. Las almas lo cruzan sobre la barca de Caronte, que percibe un peaje, y penetran en el palacio de Hades por una puerta en que vigila un perro de tres cabezas, bestia pérfida llamada el Cerbero que nunca más les permitirá salir, devorando a los que lo intenten.
En su palacio, Hades preside un tribunal compuesto además por Minos, Radamante y Aqueo, que juzga a los grandes culpables enviándolos a Tartaria, donde padecerán crueles castigos. Allí, las Danaidas, hijas de Danaos rey de Argos, que por orden de su padre devoraron a sus maridos porque un oráculo había prevenido al rey que sería muerto por uno de sus yernos, están condenadas a verter eternamente en un tonel sin fondo, un agua que deben recoger en una fuente inagotable.
Las almas de los justos, son enviadas a los Campos Elíseos, lugares de delicias iluminados por un sol especial, que embellecen bosques de mirtos y rosales, por los cuales atraviesa el río Leteo cuyas aguas hacen olvidar a quienes las beben, todos los males de la vida.
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LA CORTE OLÍMPICA.
Los grandes dioses que ocupan el Olimpo están rodeados de una corte de dioses menores, y divinidades secundarias, que principalmente están encargadas de cumplir sus órdenes, servirlos y de entretener mediante la música y la danza sus interminables horas de la inmortalidad.
Temis, personificación de la justicia, a la vez hermana y esposa de Zeus, es una especie de maestro de ceremonias que convoca el consejo de los dioses, preside los festines, vigila el mantenimiento del buen orden.
Las Horas, hijas de Temis, cuidan las puertas del cielo, y ejecutan una danza permanente. Las tres Gracias, hijas del cielo y de la aurora, Aglaé, la brillante; Eufrosina, alegría del corazón, y Talia, la que hace crecer las plantas, son la fuente de todas las alegrías que hacen que en su presencia todo sea joven, amable y seductor.
Iris (el arco en el cielo) es con Hermes la mensajera de Zeus. Ganimedes, adolescente de maravillosa belleza, es encargado en los banquetes de mantener las copas de los inmortales llenas de ambosía; ayudado en esa labor por Hebe, símbolo de la juventud eterna que es privilegio de los dioses.
Las nueve Musas, hijas de Zeus y de Menmosina (la memoria), durante las fiestas de los dioses cantan en tanto Apolo las acompaña con la cítara. Fueron veneradas en la época romana asociadas expresamente con alguna manifestación de las artes o las letras: Clio musa de la historia, Euterpe del arte de la flauta, Talia de la comedia o teatro, Melopea del arte lírico y la tragedia, Terpsícore de la danza, Erato de la poesía, Polimia del arte mímico, Urania de la astronomía, Calíope de la poesía épica y de la elocuencia.
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LOS HÉROES.
Ubicados entre los dioses y los hombres, participan a la vez de la divinidad y de los caracteres humanos. Son nacidos de la unión de un dios con un humano; considerándoselos fundadores de los pueblos, los ancestros y las grandes familias, por lo que cada raza, cada ciudad de la Grecia antigua tuvo su héroe protector y todopoderoso. Como ocurre con los Santos del cristianismo, las gentes del pueblo se sientían ligados a ellos de un modo más cercano y familiar.
HERACLES. Símbolo magnífico del hombre en lucha contra las fuerzas de la naturaleza y todo lo que sea malo o cruel, el Hércules de los romanos era hijo de Zeus y de Alcmena. Debiendo siempre obtener el éxito solamente a costa de enormes y sostenidos esfuerzos, sacrificios y abnegación, Heracles debió enfrentar siempre las consecuencias de los celos de Hera.
Todavía en su cuna, debió enfrentar las dos enormes serpientes enviadas contra él por la diosa. Luego de haberse criado educado por los maestros más hábiles, se vio subordinado al rey Euristeo y obligado a obeceder sus órdenes, que le dictaba Hera en busca de venganza. Hubo de cumplir una serie de trabajos prodigiosos, y tuvo éxito luego de haber elegido voluntariamente entre los dos senderos que le mostraban Afrodita y Atenea, la primera hecha de voluptuosidad y la segunda de duras fatigas pero coronada de gloria inmortal.

servido por SHERLOM
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Napoleón había nacido en Ajaccio, en la isla de Córcega, el 15 de agosto de 1769. Su padre, Charles Bonaparte, procedía de una familia toscana asentada en Córcega a comienzos del siglo XVI y que ya, a mediados del siglo XVIII, había conseguido una destacada situación como propietario agrícola y como comerciante. Su posición social llevó al padre de Napoleón a buscar el ennoblecimiento. Su madre, Maria Laetizia Ramolino, de la que poco se sabe, se había casado cuando sólo contaba catorce años y dio a su marido ocho hijos: José (1768), Napoleón, Lucien (1775), Elisa (1777), Luis (1778), Paulina (1780), Carolina (1782) y Jerónimo (1784). Napoleón vivió durante sus primeros años en un ambiente familiar de carácter patriarcal en el que hermanos, abuelos, tíos, primos, y una cohorte de sirvientes y criados le dieron un claro sentido de la jerarquía y de la autoridad y le habituaron a una cierta inclinación por los fastos. La familia Bonaparte había tomado parte en los movimientos de resistencia cuando la isla fue anexionada a Francia. Pero eso no fue obstáculo para que el padre de Napoleón hiciese un movimiento de aproximación a los nuevos dominadores después de la derrota de los corsos en Ponte Nuovo (1769), lo que le granjeó la confianza del gobernador francés. Como representante de la nobleza de la isla ante el rey, pudo conseguir que el joven Napoleón entrase en la Escuela Militar de Brienne con una beca, y posteriormente que completase sus estudios en la Escuela Militar del Campo de Marte, en París. De sus años de internado sólo se sabe que se sentía extraño, tan alejado de su casa y de los suyos, y que no sobresalió especialmente por su nivel en los estudios. Sin embargo, algo debió destacar ya entonces cuando su profesor de historia escribió de él lo siguiente: "Irá lejos si las circunstancias le favorecen". Cuando salió de la Escuela Militar -en el puesto 42 de los 58 de su promoción- fue destinado al regimiento de La Fère-Artillerie con el grado de segundo teniente. A partir de entonces comenzó un peregrinaje de ciudad en ciudad para cubrir diversos destinos -Valence, Lyon, Douai, Auxonne- en los que llevó una vida monótona y rutinaria en los respectivos cuarteles donde se limitaba a repetir ejercicios militares. No obstante, parece ser que estos años fueron decisivos para la formación de su personalidad a causa, sobre todo, de la intensa dedicación a la lectura en sus muchos ratos de ocio en las distintas guarniciones. Desde las obras de Rousseau, Mably, Voltaire, Mirabeau, Necker, hasta los libros referentes a las tácticas militares y especialmente a la artillería, todas esas lecturas contribuyeron a enriquecer sus conocimientos, si bien un tanto desordenadamente. Las notas al margen con las que frecuentemente comentaba algunos de los pasajes de lo que estaba leyendo, revelan una atención especial hacia los sentimientos que inclinaban a los hombres a la búsqueda de la felicidad, del amor, o de la crueldad, así como hacia las instituciones o hacia las prerrogativas de la monarquía y de la nobleza. Para su biógrafo Calvet, Napoleón Bonaparte entró en contacto, entre los dieciséis y los veinte años, con los hombres del pasado y del presente, de los que le separaban las dificultades de la vida, a través de la lectura. Después de la muerte del padre de Napoleón, la familia Bonaparte atravesó por graves dificultades económicas. Sus hermanos tuvieron que afrontar numerosos problemas para salir adelante en sus estudios, aunque al final, José pudo terminar su carrera de abogado, Luisa pudo ingresar en la Escuela de Saint-Cyr, Lucien en la Escuela Militar de Brienne y Luis en un colegio francés. Las mayores dificultades se presentaron, no obstante, por la actividad política de los Bonaparte a raíz del estallido de la Revolución. El abogado José y el teniente Napoleón se lanzaron a la lucha política en Córcega hasta que el primero consiguió un escaño en el Consejo General de la isla y el segundo fue elegido teniente coronel de la Guardia Nacional. La participación de ambos en las luchas revolucionarias y la denuncia que Lucien Bonaparte hizo en el club de los jacobinos de Toulon del héroe de la independencia corsa, Paoli, obligaron a Napoleón y a toda su familia a huir a Francia en junio de 1793, para evitar las represalias de los paolistas. En Marsella, donde se refugiaron, Mme. Bonaparte conoció a un comerciante, Clary, con el que compartió el resto de su vida. La hija de éste, Desirée Clary, mantuvo relaciones amorosas con Napoleón, aunque más tarde casaría con Bernadotte, llegando a ser reina de Suecia. Las circunstancias que motivaron la salida de Córcega por parte de Napoleón, cortaron definitivamente su relación con la isla y las aspiraciones independentistas que había mostrado en algún momento de su juventud. A su vuelta de Córcega, Napoleón entró a servir como capitán en el 4.° regimiento de artillería de Niza. En aquella época escribió un curioso opúsculo titulado Le Souper de Beaucaire, en el que mediante el diálogo entre un burgués de Nimes, un fabricante de Montpellier y un negociante de Marsella, trataba de persuadir a los girondinos de la importancia de la causa de la Montaña. Sin embargo, hasta entonces, Napoleón no había participado de una manera directa en las campañas del ejército revolucionario contra sus enemigos. Su primera experiencia en este sentido sería en el asedio de Tolón en el que demostraría por primera vez sus dotes militares y se daría a conocer en los medios castrenses. El puerto de Tolón había sido tomado por la flota inglesa y Napoleón, que ya había sido nombrado comandante, propuso la toma del fuerte de L`Eguillette y en una audaz maniobra consiguió poner bajo el tiro de su artillería a los navíos británicos y a los españoles, que tuvieron que abandonar aquellas aguas. Aquella acción, culminada el 17 de diciembre de 1793, le valió el nombramiento de general de brigada y le llevó al ejército que operaba en la frontera de Italia. El golpe de Termidor dio lugar a una depuración de los elementos más exaltados, a la que no escapó el joven militar corso a causa de la colaboración que había mantenido con los montañeses más radicales. Aunque en realidad Napoleón no se sentía ideológicamente ligado a ningún grupo político en particular, fue acusado de haber participado en una intriga en Génova y encarcelado en Antibes. Aunque fue puesto en libertad a las pocas semanas, siguió levantando las sospechas de los girondinos que veían en él a un peligroso militar terrorista. Barras fue quien le sacó del ostracismo y le encomendó el mando del ejército del Interior para mantener el orden frente a la creciente actividad de los realistas (Vendimiario de 1795). La operación que dirigió el 5 de octubre contra los insurrectos que se habían hecho fuertes en la iglesia de Saint-Roch, en las proximidades de las Tullerías, le valió el reconocimiento del gobierno. A partir de ese momento, su ascenso no conocería nuevas interrupciones. En París, frecuentó los círculos de la alta sociedad y en casa del Director Barras conoció a la joven Josefina de Beauharnais, viuda del general vizconde de Beauharnais, que había sido diputado de la nobleza en los Estados Generales y presidente de la Constituyente antes de ser guillotinado en 1794. Napoleón quedó pronto seducido por la atractiva vizcondesa, aunque como muy bien señala Georges Lefèbvre, el general debió ver también en ella la influencia que podía adquirir con su relación. El 9 de marzo de 1796 contrajo con ella matrimonio civil y dos días más tarde salía para unirse al ejército de Italia como comandante en jefe. Las campañas de Italia dieron fama a Napoleón en Francia y en toda Europa cuando aún no había cumplido los treinta años. Su mayor mérito consistió en reorganizar y disciplinar a un ejército mal dotado, dándole la coherencia y la rapidez de acción necesarias para llevar siempre la iniciativa y saber cómo y cuándo tenía que actuar en el campo de batalla. El calificativo que tan frecuentemente se le ha aplicado de genio de la guerra no constituye ninguna exageración si se tiene en cuenta la facilidad con la que venció a sus enemigos en catorce batallas consecutivas. Sus victorias en Lodi, Arcola y Rivoli han quedado como ejemplos en los textos que enseñan el arte de la guerra, por la inteligente concepción en el despliegue de las tropas y por la audacia en la ejecución de los movimientos. En efecto, Napoleón revolucionó la forma de hacer la guerra y modernizó la organización del ejército. Durante el Antiguo Régimen se había desarrollado un ejército articulado que se desplazaba en fila y que era incapaz de abarcar un terreno extenso y por consiguiente de obligar al enemigo a aceptar batalla o de maniobrar si la operación era defensiva. Con la Revolución, aumentaron los efectivos del ejército y comenzó la guerra de masas. Los generales se vieron obligados a partir sus contingentes en divisiones para hacerlos más manejables. Durante el Directorio se creó una unidad llamada cuerpo de ejército, formado por una cantidad que oscilaba entre los 14.000 y los 40.000 soldados, que a su vez estaba integrada por varias divisiones. Napoleón, en la campaña de Marengo diseñó un cuerpo de ejército, compuesto por dos o tres divisiones, con una caballería escasa y constituida en su mayoría por cuerpos independientes, y una reserva de artillería bajo el mando directo del jefe supremo. Pero fue en la maniobra de este ejército donde Napoleón mostró su verdadero genio militar. Desplegaba a sus soldados de tal manera que el enemigo no pudiera desenvolverse fácilmente, pero al mismo tiempo los ponía tan cerca unos de otros, que resultaba fácil reagruparlos en el momento de la batalla. Por otra parte, orientaba a los distintos cuerpos hacia un punto situado detrás del frente enemigo, de forma que al avanzar hacia él envolvían al ejército que tenía delante. De todas formas, la estrategia napoleónica no era excesivamente rígida, pues aunque tenía sus principios, dejaba un porcentaje alto a la imaginación y a la improvisación de acuerdo con las circunstancias concretas y el escenario donde había de desarrollarse la acción. La sorpresa era una de las bazas que le gustaba jugar y para ello tenía que desplegar sus movimientos en secreto. En el campo de batalla prefería desgastar al enemigo mediante el ataque a sus flancos o a su retaguardia y con el menor desgaste posible por su parte. Con la artillería contribuía a rebajarla moral del enemigo, y cuando creía que estaba á punto de caer era cuando lanzaba sus tropas frescas para que terminasen con él. La destreza de Napoleón en el arte de la guerra no fue suficiente, sin embargo, para triunfar en todos los frentes a los que le llevó su deseo expansionista. Había una limitación importante, y ésta venía determinada por los recursos económicos disponibles para sostener las campañas. Mientras que el teatro de operaciones se desarrolló en Italia, donde las distancias eran cortas y el abastecimiento no planteaba grandes problemas, pues además la fertilidad del suelo permitía al ejército rehacerse sin graves dificultades, Napoleón pudo acrecentar su prestigio. Los problemas comenzaron cuando las distancias se hicieron mayores en Alemania, en Polonia y, sobre todo, en Rusia. Las marchas se convirtieron en algo agotador y el abastecimiento se hizo cada vez más inviable. La necesidad de distribuir a las tropas por esos inmensos territorios, dispersó al ejército que, además, se vio castigado duramente por la rigurosidad del clima. "La estrategia napoleónica -afirma Lefèbvre- no consiguió armonizarse perfectamente con las condiciones geográficas que su origen, totalmente mediterráneo, no le permitían prever". Napoleón se convirtió pronto en un mito de la Historia. La bibliografía existente sobre el personaje y la época es desbordante. Ya en 1933, el historiador Jacques Bainville escribía que una bibliografía napoleónica algo completa debía constar al menos de 10.000 volúmenes, y que lo esencial no se reunía en menos de 500. Hoy sabemos que hay más de 70.000 libros dedicados a la figura de Napoleón. A pesar de ello, Georges Lefèbvre, quizá su mejor biógrafo, ha sabido resumir perfectamente en pocas líneas su personalidad y a sus palabras nos remitimos: "Pequeño y bajo, bastante musculoso, rojizo y todavía seco a los treinta años, el cuerpo endurecido y siempre listo. La sensibilidad y la resistencia de los nervios son admirables, los reflejos de una prontitud asombrosa, la capacidad de trabajo ilimitada; el sueño viene cuando se le ordena. Y ahora al reverso: el frío húmedo provoca la opresión, la tos, la disuria; la contrariedad despierta gran cólera; el exceso de trabajo, a pesar de los baños calientes y prolongados, de una extrema sobriedad, de un uso moderado pero constante de café y de tabaco, engendra a veces breves desfallecimientos que llegan, incluso, al llanto. El cerebro es uno de los más perfectos que han existido: la atención siempre despierta, remueve infatigablemente los hechos y las ideas; la memoria los registra y los clasifica; la imaginación juega libremente y, por una tensión permanente y secreta, inventa sin fatigarse, los asuntos políticos y estratégicos que se manifiestan en iluminaciones repentinas, comparables a las del matemático y del poeta, con preferencia durante la noche, en un repentino despertar, lo que él mismo llama la llamada moral, la presencia del espíritu de después de media noche. Este ardor espiritual ilumina, por medio de los ojos fulgurantes el rostro aún sulfurado, a su recuerdo del Corso de los cabellos lisos... El se hacía justicia: yo soy incluso un buen hombre; y es verdad; se mostró generoso e incluso amable para aquellos que trataba de cerca... Organización física y cerebral que ocultan ese irresistible impulso hacia la acción y la dominación que se llama su ambición. Él lo ha visto claro en sí mismo: Se dice que soy ambicioso, se equivocan; no lo soy, o al menos mi ambición está tan íntimamente unida a mi ser que no puede separársele". Sin duda su popularidad fue un factor decisivo en su decisión de abordar el 18 de Brumario del año VIII de la Revolución (9 de noviembre de 1799), instaurando una dictadura moderada en la que, legalmente, el poder le era concedido por el pueblo a un triunvirato formado Sieyes, Ducos y él mismo. Más tarde se proclamó primer cónsul, cargo que le facultaba para desempeñar el poder durante diez años. En esta etapa, su organización administrativa legó profundos cambios, creando estructuras de gobierno que aun permanecen en la actualidad, como el Consejo de Estado, las prefecturas o la reforma judicial. Además, consiguió acabar con las guerras civiles que asolaban Francia y emprendió un programa económico que permitió enjugar el déficit del país. En política exterior, consiguió vencer a Austria en la batalla de Marengo (1800), logrando un año más tarde la firma de una ventajosa paz (Lunéville). Ese mismo año de 1801 normalizó las relaciones con el Papado, muy resentidas y deterioradas tras los cambios en materia religiosa introducidos por la Revolución. Gracias a esto, logró hacerse coronar emperador el 2 de diciembre de 1804 por el papa Pío VII en la misma catedral de Nôtre-Dame, ciñéndose él mismo, en un gesto cargado de unas nada despreciables connotaciones simbólicas, la corona imperial. Napoleón y Francia se veían a sí mismas, con este acto, en la cumbre máxima del poder. La expansión imperial francesa, mientras tanto, mantenía abiertos varios frentes. Las ansias hegemónicas y su agresiva política belicista provocó la reacción de los demás estados, formándose una coalición de potencias -Gran Bretaña, Austria y Rusia-, para frenar a las tropas francesas. Si bien por mar las cosas no fueron bien para Napoleón, dado el aplastante poderío naval británico (derrotas en Abukir y Trafalgar), por tierra su dominio táctico y la preparación de sus generales y soldados le hizo obtener brillantes victorias (Ulm, Austerlitz, Jena, Auestardt, Friedland, etc.). La decisión de aislar a su principal y más peligroso enemigo, Gran Bretaña, mediante un bloqueo continental, le hizo dirigir sus miras hacia España y Portugal. Rápidamente consiguió Napoleón imponer a su hermano José en el trono español, aprovechando la debilidad de los borbones Carlos IV y Fernando VII y realizando una hábil política de intrigas entre ambos. Sin embargo, a partir de 1808 se sucedieron los levantamientos populares, al mismo tiempo que una táctica militar desacostumbrada -la guerra de guerrillas-, ponía en serios apuros a las tropas francesas en suelo español hasta el punto que el mismo Napoleón hubo de trasladarse para dirigir las operaciones. Un año más tarde, al no tener hijos de su matrimonio con Josefina, estéril desde los treinta y cinco años, se hizo efectiva la separación y declarada nula la unión. Deseoso de tener un heredero, rápidamente concertó su segundo matrimonio, esta vez con una princesa austriaca, María Teresa, hija del emperador Francisco I. La unión se hizo posible como acuerdo establecido en la paz de Viena, firmada tras la derrota austriaca en la batalla de Wagram. El 20 de febrero de 1811 nacía por fin su anhelado heredero, Francisco Carlos José Bonaparte, destinado a suceder a su padre al frente de un imperio que comprende la mitad de Europa y que incluye, además de Francia, las anexionadas Bélgica, Holanda y la margen izquierda del Rhin. Además, Napoleón gobierna en la Confederación Helvética, la del Rhin y el Reino de Italia, sin olvidar los estados que controla mediante la imposición de algún familiar o colaborador, como el Reino de Nápoles, gobernado por el mariscal Murat, o España, por su hermano José. El gigante ruso marcará el principio del fin napoleónico. En 1812 emprende su conquista haciendo cruzar territorio polaco un ejército de más de 500.000 hombres, obligando a los ejércitos del zar Alejandro I a replegarse y practicar una política de tierra quemada que, a la postre, fue uno de los factores decisivos de la derrota francesa. Las victorias menores de Napoleón en Smolensko y Borodino le permitieron entrar en Moscú, que debió rápidamente abandonar por la falta de provisiones y avituallamiento. La retirada fue cruel y penosa para los ejércitos franceses, acosados por el enemigo, el extremo invierno ruso y el desánimo. Sólo 18.000 soldados consiguieron llegar a Polonia y, lo que fue peor aun para el Emperador francés, quedó abierto el camino para su derrota definitiva. Las victorias de la coalición antifrancesa comienzan desde entonces a ser habituales, comenzando por España, de donde son desalojados, y continuando por la misma invasión de Francia, que culmina con la entrada en París de los aliados el 31 de marzo de 1814 y la abdicación del mismo Napoleón 6 días más tarde. Tras la derrota militar, el otrora mayor soberano europeo quedó confinado en la isla de Elba, si bien su destierro fue momentáneo. Su popularidad aun no había decaído en Francia y era muchos los que anhelaban su vuelta. Así, sin mayores dificultades, consigue recuperar el poder en febrero de 1815. Inaugura un período denominado los Cien Días en que, aclamado por las multitudes, prepara de nuevo a sus tropas para la conquista. Sin embargo, esta vez el fracaso será definitivo, cosechando en la batalla de Waterloo una calamitosa derrota. Tras entregarse a los británicos, huyendo de la persecución a que era sometido por parte de los prusianos, fue de nuevo confinado a una isla, esta vez Santa Elena. Así, tras escribir sus memorias, el 5 de mayo de 1821 falleció de causas que aun despiertan controversia entre los especialistas. Tradicionalmente atribuida su muerte a una úlcera que le provocó un cáncer de estómago, análisis toxicológicos de sus cabellos parecen demostrar que sufrió un envenenamiento por arsénico continuado, probablemente ordenado por la coalición antimonárquica, que temía una nueva intentona por recuperar el poder. Cierta o no la teoría, con Napoleón murió uno de los grandes personajes de la Historia y uno de los mayores genios en el ámbito de la estrategia militar.
servido por SHERLOM
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